Habitual e inesperadamente, descubro haber envestido a alguna palabra con el raro privilegio de la predilección. Hace unos días que la tetrasilábica inefable ha abandonado las páginas borgeanas para incrustarse, resistente, en mi cotidianeidad. Ya no me es posible pensar nada sino en términos de su inefabilidad ontológica; nada se librará ya de ser entendido bajo el forzoso concepto al que tales letras aluden. En pocas palabras, todo deviene, en estos días, inefable. Afortunadamente, sé que semejante persistencia será pronto desechada, ya sea por el voluntario abandono o por la irrupción de un nuevo favoritismo que la reemplace. Afortunadamente, también, sé que esta palabra no desertará nunca por completo, sino que, como todo, volverá cíclicamente al recinto de mis cavilaciones.
martes, 19 de junio de 2007
Intento por explicar el (inefable, convengamos) origen de la denominación de este espacio
Habitual e inesperadamente, descubro haber envestido a alguna palabra con el raro privilegio de la predilección. Hace unos días que la tetrasilábica inefable ha abandonado las páginas borgeanas para incrustarse, resistente, en mi cotidianeidad. Ya no me es posible pensar nada sino en términos de su inefabilidad ontológica; nada se librará ya de ser entendido bajo el forzoso concepto al que tales letras aluden. En pocas palabras, todo deviene, en estos días, inefable. Afortunadamente, sé que semejante persistencia será pronto desechada, ya sea por el voluntario abandono o por la irrupción de un nuevo favoritismo que la reemplace. Afortunadamente, también, sé que esta palabra no desertará nunca por completo, sino que, como todo, volverá cíclicamente al recinto de mis cavilaciones.
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