Infrecuentes y, por lo mismo, promotoras de un regocijo excepcional, son aquellas ocasiones en que las palabras arremeten, organizadas y coherentes, en la más temprana vigilia, amenazando con evaporarse si uno –haciendo caso omiso a su urgencia- no se apura a protegerlas en el papel. Insólito placer si los hay; tanto por lo que tiene de insospechado, como por el halo enigmático que lo circunda. Hoy, al despertar, las palabras me han sorprendido en una formación cuyo origen roza lo inefable. Me tomo la atribución de sospechar que, mientras dormía, algún lejano ancestro me ha traspasado el cargo de secretario de una idea intemporal y, por tanto, esencialmente ajena a toda persona. Dicho lo cual, me desligo de toda responsabilidad respecto de la fruslería resultante de esta visita, que sólo expongo para hacer verosímil ésta última…
El hombre… un ser desgarrado en mil fragmentos, que no alcanzará jamás el perfecto encastre de su ontológicamente despedazada existencia.
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