miércoles, 20 de junio de 2007

Apología de la ambigüedad

No disparen contra la ya desperdigada imprecisión de la existencia. Me irritan los irrisorios, irreverentes, irremisibles ismos. ¿Qué cobarde inseguridad los ha de gestar? La realidad deviene ontológicamente ambigua y la ambigüedad, evidentemente, nunca ista es. La tiranía del concepto se obstina en violentar la rebeldía de un desorden extraordinario. ¿Por qué no dejarlo simplemente ser, fascinantemente contradictorio?
No se salvan estas escuetas líneas siquiera del inexorable absurdo existencial: el rotundo rechazo de las categorías, categoriza, a su vez, a nuestra realidad como esencialmente incategorizable. Llamémosle ambigüismo, entonces.

martes, 19 de junio de 2007

Intento por explicar el (inefable, convengamos) origen de la denominación de este espacio


Habitual e inesperadamente, descubro haber envestido a alguna palabra con el raro privilegio de la predilección. Hace unos días que la tetrasilábica inefable ha abandonado las páginas borgeanas para incrustarse, resistente, en mi cotidianeidad. Ya no me es posible pensar nada sino en términos de su inefabilidad ontológica; nada se librará ya de ser entendido bajo el forzoso concepto al que tales letras aluden. En pocas palabras, todo deviene, en estos días, inefable. Afortunadamente, sé que semejante persistencia será pronto desechada, ya sea por el voluntario abandono o por la irrupción de un nuevo favoritismo que la reemplace. Afortunadamente, también, sé que esta palabra no desertará nunca por completo, sino que, como todo, volverá cíclicamente al recinto de mis cavilaciones.

Escrito que peca por su irreverente irresponsabilidad


Infrecuentes y, por lo mismo, promotoras de un regocijo excepcional, son aquellas ocasiones en que las palabras arremeten, organizadas y coherentes, en la más temprana vigilia, amenazando con evaporarse si uno –haciendo caso omiso a su urgencia- no se apura a protegerlas en el papel. Insólito placer si los hay; tanto por lo que tiene de insospechado, como por el halo enigmático que lo circunda. Hoy, al despertar, las palabras me han sorprendido en una formación cuyo origen roza lo inefable. Me tomo la atribución de sospechar que, mientras dormía, algún lejano ancestro me ha traspasado el cargo de secretario de una idea intemporal y, por tanto, esencialmente ajena a toda persona. Dicho lo cual, me desligo de toda responsabilidad respecto de la fruslería resultante de esta visita, que sólo expongo para hacer verosímil ésta última…

El hombre… un ser desgarrado en mil fragmentos, que no alcanzará jamás el perfecto encastre de su ontológicamente despedazada existencia.

domingo, 17 de junio de 2007

Borges y la concepción circular del tiempo


“El número de todos los átomos que componen el mundo es, aunque desmesurado, finito, y sólo capaz como tal de un número finito (aunque desmesurado también) de permutaciones. En un tiempo infinito, el número de las permutaciones posibles debe ser alcanzado, y el universo tiene que repetirse. De nuevo nacerás de un vientre, de nuevo crecerá tu esqueleto, de nuevo arribará esta misma página a tus manos iguales, de nuevo cursaras todas las horas hasta la de tu muerte increíble”

La doctrina de los ciclos, Jorge Luis Borges.




No pretendo con estas escuetas líneas agotar las reflexiones borgeanas en torno al concepto del eterno retorno. Delego semejante empresa a cada uno de los que se apasione a partir de la lectura de estos fascinantes versos...


La noche cíclica
A Sylvina Bullrich

Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.

En edades futuras oprimirá el centauro
con el casco solípedo el pecho del lapita;
cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita
noche de su palacio fétido el minotauro.

Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
La mano que esto escribe renacerá del mismo
vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.
(David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa.)

No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuelven las cifras de una fracción periódica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo

que es de los arrabales. Una esquina remota
que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
pero que tiene siempre una tapia celeste,
una higuera sombría y una vereda rota.

Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
esta rosa apagada, esta vana madeja
de calles que repiten los pretéritos nombres

de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez...
Nombres en que retumban (ya secretas) las dianas,
las repúblicas, los caballos y las mañanas,
las felices victorias, las muertes militares.

Las plazas agravadas por la noche sin dueño
son los patios profundos de un árido palacio
y las calles unánimes que engendran el espacio
son corredores de vago miedo y de sueño.

Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante:
«Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras...»




Jorge Luis Borges.

Acerca de la intemporalidad de la idea del eterno retorno

He aquí un intento de mostrar fragmentos, repeticiones, de la sempiterna reflexión acerca de la eternidad. Un poco por azar (leáse ignorancia cibernética) y otro poco por convicción, decidí no someter las ideas aquí presentes a la arbitrariedad del orden cronológico…¿para qué violentar la inexorabilidad del eterno retorno? No sería preciso (si bien incesantemente se nos fuerza a entenderlo de tal manera) afirmar que los planteos de Anaxágoras precedieron a los de Borges; tampoco que el círculo vicioso de Nietzche haya sido la base para tantos otros pensadores, cuya ubicación cronológica posterior responde tan sólo a lo antojadizo de la historia. Defender la linealidad histórica nos acercaría hasta la náusea al pretendido evolucionismo darwiniano. Prefiero, entonces, considerar el tiempo en su infinitud, las ideas en su universalidad. El hombre individual reducido a la función de mero secretario de la idea universal, intemporal. En definitiva, tal como se ocupó Nietzche de hacernos concientes, la vida pasa a través de los individuos, los toma en un momento para abandonarlos más tarde. Todos somos desgajamientos del fluir vital. La subjetividad humana tan ponderada por nuestra era (y por tantas otras, antes, después…si es que puedo seguir valiéndome de semejantes imprecisiones) es el mayor engaño concebible en vistas de preservar la apolínea tranquilidad concedida por el límite, por la separación nítida entre lo que soy yo y lo que sos vos. Aceptar que esta vida es esencialmente caótica, informe, desmesurada, dionisíaca, es asumir la irremediable finitud de nuestra existencia. La vida es un todo infinito; cada uno de nosotros, un efímero sirviente caminando hacia la muerte. Un camino que no nos cansaremos de recorrer, una, diez, mil, infinitas veces. Insondablemente poético, Borges nos (y se, a un tiempo) anticipa: “De nuevo nacerás de un vientre, de nuevo crecerá tu esqueleto, de nuevo arribará esta misma página a tus manos iguales, de nuevo cursarás todas las horas hasta la de tu muerte increíble”

La Gran Memoria, según Yeats


“Ante la imaginación, ya estuviésemos dormidos o despiertos, pasaban imágenes que uno acababa descubriendo luego en algún libro que nunca había leído, y después de buscar en vano una explicación de la teoría corriente de la memoria personal olvidada, llegué a creer en una Gran Memoria que se transmitía de generación en generación. (...) Nuestro pensamiento diario no era sino la capa de espuma que hay en el borde poco profundo de un vasto y luminoso océano.”



Anima Mundi
William Butler Yeats